EDITORIAL | La derrota del peronismo entrerriano y la política del silencio

EDITORIAL | La derrota del peronismo entrerriano y la política del silencio

Por Juan Pablo Arias.

 

Entre Ríos no es una isla. La provincia navega, como el resto del país, una tormenta económica que golpea bolsillos, proyectos y vidas. Sueldos que corren detrás de la inflación, jubilados ajustados con medicamentos recortados, escuelas, universidades y hospitales sobreviviendo con presupuestos mínimos, ciencia y tecnología retrocediendo a fuerza de motosierra. Comercios que cierran, PYMES asfixiadas, obra pública paralizada y un clima de inversión que no aparece por ningún lado. La lista es larga y conocida. Nada de esto es novedad para nadie.

 

Sin embargo, en este contexto, el oficialismo entrerriano obtuvo una victoria contundente, cercana al 53% de los votos, sacándole al peronismo más de 18 puntos. Un resultado que sorprendió incluso a quienes creían tener el pulso fino de la realidad provincial.

 

Las razones, claro, son múltiples: sociológicas, económicas, políticas, culturales. Pero hay una que se mira poco, quizá porque incomoda, quizá porque obliga a preguntarse por la responsabilidad propia y no por la ajena. No obstante, puede ser clave para entender el escenario que hoy tenemos enfrente. Esa razón es el silencio. No un silencio accidental, sino un silencio que construye realidad. Un silencio que, en términos políticos, opera como un visto bueno involuntario de un relato oficial que logra imponerse.

 

El silencio que habla

En Entre Ríos la oposición no solo está perdiendo elecciones: está perdiendo la batalla por el sentido. Mientras el oficialismo teje una narrativa clara y persistente —“crisis heredada”, “el ajuste necesario”, “no podemos volver al pasado”, “20 años de malos gobiernos”, “kirchnerismo nunca más”— la oposición responde con poco más que susurros. Exhibe gestión donde gobierna, critica tímidamente donde no, y en la mayoría de los casos opta por guardar distancia, como si la inacción discursiva fuese la mejor estrategia para volver a ser alternativa de poder.

 

Pero la realidad —la realidad pública, la realidad social, la realidad que vota— no son solo datos o percepciones particulares: es un relato. Un marco interpretativo que se construye entre todos, pero no en partes iguales. Cuando un actor habla y el otro calla, el silencio no es abstención: es capitulación ante esa otra mirada sobre esos hechos.

 

El oficialismo entrerriano construye, repite, ordena y consolida un relato sobre lo que está pasando. Lo hace con efectividad, con una coordinada y precisa estrategia comunicacional. Y del otro lado… ¿qué? ¿Dónde están las voces potentes del peronismo provincial? ¿Qué dicen los legisladores entrerrianos del justicialismo? ¿En qué andan? ¿Qué piensan? ¿Dónde está la palabra de Gustavo Bordet, que pareciera haberse retirado de la discusión pública pese a ser diputado nacional? ¿Y los intendentes peronistas? ¿Alcanza con mostrar gestión mientras el otro explica, nombra y define de qué se trata la actualidad?

 

En política el silencio es como la humedad: avanza sin hacer ruido, pero cuando querés acordarte ya te ganó la pared entera.

 

El lenguaje que no solo describe, sino que fabrica

La política trabaja con palabras. Y esas palabras no solo representan cosas: las producen. No es lo mismo hablar de “orden” que hablar de “control”. No es lo mismo decir “achicar el Estado” que “recortar derechos”. No es lo mismo “modernizar” que “flexibilizar”. Quien gana el derecho a nombrar, gana el derecho a definir qué es lo que está pasando.

 

Esto lo sabemos desde hace décadas: el lenguaje es performativo. No describe, crea. No cuenta una realidad ajena: constituye aquello que después aceptamos como real. Si el oficialismo dice “crisis heredada” cien veces y nadie contesta con un relato alternativo, la crisis pasa a ser “la crisis heredada”. No una versión, no una opinión: la explicación.

 

Y lo más grave: cuando la oposición critica tímida y aisladamente sin disputar el marco interpretativo, acepta la lógica del otro sin darse cuenta. Es como jugar un partido que ya empezó perdiendo 3 a 0, en la cancha del rival y con el reglamento escrito por el otro equipo.

 

¿Desde cuándo empezó esta renuncia?

Mucho antes de la campaña. En rigor, desde el inicio mismo de la gestión de Rogelio Frigerio —o incluso antes— cuando comenzó a instalar su relato como quien clava un poste en un terreno vacío. Y el peronismo, en vez de una contraofensiva discursiva, eligió el repliegue. “Que se caigan por su propio peso”, esgrimió como justificación, a quien escribe, un intendente pejotista.

 

Pero la pregunta clave no es solo por qué Frigerio logró imponer su discurso. La pregunta clave es: ¿por qué nadie se lo disputó con convicción política suficiente?

 

No se trata de “hablar por hablar”. Se trata de disputar sentido, de construir otro modo de nombrar lo que pasa, de devolverle espesor político a la interpretación de la realidad. En Entre Ríos, el peronismo no solo perdió votos: perdió esa disputa.

 

La performatividad del silencio

Ese concepto importa porque puede describir lo que ocurrió: cuando un actor político renuncia a debatir el sentido de la realidad, termina discutiendo dentro del sentido que impuso el otro. El piso del debate lo fija el oficialismo y la oposición solo puede discutir el techo. Es un juego amañado desde el primer minuto.

 

El silencio opositor no fue neutral: fue performativo. Produjo realidad, solo que en favor del adversario.

 

Una oposición sin relato

El problema no es solo estratégico o comunicacional. Es mucho más profundo: es cultural, conceptual, político. La oposición entrerriana —especialmente el peronismo— hace tiempo que no construye un marco interpretativo alternativo. No ofrece una lectura distinta de qué nos está pasando como sociedad, ni siquiera como alternativa a la mirada oficial.

 

Y cuando un espacio político no logra nombrar el mundo, no puede transformarlo. El poder no está solo en la gestión ni en los cargos: está en la capacidad de construir sentido. Y quien renuncia a esa batalla, renuncia a la política misma.

 

La batalla que continúa

La disputa electoral de 2025 quedó atrás. Pero la batalla por el sentido continúa. El oficialismo ya fijó su marco: orden, ajuste, responsabilidad, fin del pasado oscuro. La pregunta es qué va a decir la oposición. O mejor dicho: si va a decir algo.

 

Porque de una certeza podemos estar seguros: en política, lo que no se dice también se escucha. Y cuando un sector calla demasiado tiempo, la sociedad empieza a sentirlo como lo que es: ausencia, vacío, renuncia.

 

La política aborrece el vacío. Y ese vacío lo llena otro. Con su relato, con su interpretación del mundo, con su verdad. No es la única batalla. Pero es de las más profundas. Y es la que, si no se disputa, se pierde antes de empezar.

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